K A M I K A Z E
VIENTO DIVINO
VIENTO DE MUERTE
CASOS DE ESTUDIO
OPERACIÓN TAN: EL SUEÑO DEL SEGUNDO PEARL HARBOUR QUE FRACASÓ
11 de marzo de 1945, 22:00H, atolón de Ulithi, Micronesia
(Islas Carolinas).
A bordo del portaaviones Randolph (CV-15) se
proyecta una película policíaca en el hangar bajo el puente de vuelo. La
práctica totalidad de la tripulación asiste al pase absorta en la intriga del
argumento, olvidando por unas horas la cruda realidad de la guerra con la
contradictoria simbiosis del argumento y el idílico paisaje donde se encuentra
fondeado el grueso de la flota del Pacífico de la US Navy.
Inesperadamente todo el casco del portaaviones tiembla de quilla a perilla y un
estruendo ensordecedor devuelve a la cruda realidad a los espectadores que
reaccionan de inmediato dirigiéndose hacia sus puestos de combate en un aturdido tropel.
Buena parte de ellos
maldice una y otra vez al infortunado piloto que intentado aterrizar ha
acabado estrellándose sobre el puente de vuelo, echando al traste una relajante
velada cinematográfica...
Pero... ¿Realmente se trataba de un piloto americano?
¿Qué había ocurrido?
Dentro de las operaciones
previas a la invasión de las Filipinas, las fuerzas norteamericanas
desembarcaron el 23 de septiembre de 1944 en Ulithi,
atolón de las islas Carolinas (Micronesia).
En sus tranquilas aguas rápidamente se iniciaron los trabajos de adecuación
para la creación de una gran base naval, un Pearl Harbour avanzado en el que
pronto se fijaron las miradas del alto mando de la marina imperial japonesa.
Comenzando a estudiar las posibilidades de conseguir un golpe de efecto que
mermase definitivamente a la U.S. Navy.
El primer intento fue llevado a la practica por la unidad kaiten
(submarinos suicidas) Kikumizu el 20 de noviembre de 1944. El reultado fue
desolador, ya que los cinco kaiten sólo consiguieron hundir al petrolero
Mississinewa. El fracaso no desalentó al
alto mando imperial que prosiguió con sus estudios de ataque.
Dos
de febrero de 1945. El
vicealmirante Matome Ugaki acepta el mando de la quinta flota aérea japonesa
basada en Kyushu. Siguiendo las órdenes del alto mando inicia el estudio de la
viabilidad de un ataque kamikaze contra Ulithi. La determinación de Soemu
Toyoda, comandante en jefe de la Flota Combinada de la Marina Imperial,
quedó pronto patente al ordenar el 10 de febrero el envío de un submarino para
que vigilase los movimientos de buques ante el
atolón y a la aislada base de Truk efectuar reconocimientos aéreos. Se
esperaba que la flota norteamericana fondease para descansar y repostar tras la
operación de ayuda a la invasión de Iwo Jima.
La
imagen de los portaaviones en llamas pasó por la mente de un buen número de
oficiales y pilotos japoneses, que vieron en el ataque la posibilidad de repetir
el éxito del lejano ataque a Plear Harbour del 7 de diciembre de 1941.
Realmente, las consecuencias estratégicas de llevar a buen termino el ataque
hubiesen sido importantes pues, aparte de frenar el imparable av hacia el
Japón, dando un tiempo de respiro a las congestionadas fuerzas japonesas, el
efecto moral negativo, al considerar los norteamericanos del
todo inviable un ataque aéreo a su fondeadero, posiblemente hubiese sido más
importante.
Pero no hay que olvidar que aún eliminando a los portaaviones de escuadra
quedaba un centenar de portaaviones de escolta para cubrir las bajas (sin
olvidar los acorazados, cruceros, destructores...) y proseguir con los planes
prefijados, además el éxito no impediría que los B-29 siguiesen bombardeando
y devastando el territorio nipón.
Ugaki y su estado mayor pronto definieron las directrices
principales del ataque, consideraron que con una fuerza de treinta y cuatro
bombarderos bimotores Yokosuka P1Y1 Ginga
(Vía Láctea), nombre en clave aliado "Francés", armados con
una bomba de 800 Kg se podían poner fuera de combate a un número no inferior
de ocho portaaviones, la unidad Azuza (así fue bautizada la unidad de
ataque especial) iría precedida por una avanzada de reconocimiento de cinco
grandes hidroaviones Kawanishi H8K2 "Emily". El plan de Ugaki
fue aceptado de inmediato, fijándose como fecha de ataque probable el 10 de
marzo.
El 9 de marzo se recibe un mensaje desde Truk informando de la presencia de
cinco portaaviones de escuadra (CV), tres ligeros (CVL), siete de escolta (CVE)
más otros muchos buques y de un grupo de cuatro portaaviones de escuadra
que está apunto de entrar en el fondeadero. Tokio ordena a Ugaki, en la base
aérea de Kanoya, lanzar el ataque a la mañana siguiente. Ugaki y su jefe
de estado mayor, almirante Yokoi, ofrecieron una celebración de despedida a los
jóvenes pilotos con los brindis de despedida habituales y una alabanza sincera
de Ugaki por el gran sacrificio que estaban a punto de realizar.
Diez de marzo, 3:30H, el primer Kawanishi despega. Una hora más tarde lo hacen
los siguientes y a las 5:45H se recibe un mensaje del almirante Toyoda para que
sea leído a los pilotos de la unidad Azuza:
|
Por orden del comandante de la Flota Combinada,
basándose en informes autorizados, la Unidad de ataque especial Azuza
efectúa una salida hoy según instrucciones previas. |
8:30H. El primer Ginga despega. Cuando el
último de los aparatos desaparece en el horizonte el personal de la base de
Kanoya regresa a sus quehaceres con el sentimiento de que algo importante iba a
ocurrir ese día. Pero el odestino no lo quiso así y el infortunio ,a causa de una
serie de malas interpretaciones, se puso de parte de los norteamericanos...
A las 9:30H. Ugaki recibe un mensaje de Toyoda informando de que tan sólo un
portaaviones se encuentra en Ulithi y ordena la anulación del ataque al
considerar que el objetivo no justifica el sacrificio de tantas vidas japonesas.
La unidad Azuza regresa a la base con el reflejo de la decepción en los rostros
de todos sus componentes. En esos momentos se recibe un nuevo mensaje de Truk,
mucho más claro y completo, verificando que ocho grandes portaaviones y siete
de escolta están fondeados en Ulithi. Ya era demasiado tarde para repostar y
lanzar un ataque ese día, Ugaki, maldiciendo al causante del error de
interpretación, se ve en la obligación de posponer el ataque para el día
siguiente.
La
unidad Azuza despega nuevamente al amanecer, pero en esta ocasión Ugaki puede
apreciar como el retraso ha afectado negativamente a las tripulaciones: sus
rostros reflejan plenamente la tensión a la que están sometidos. Y el mal
augurio no tardó en cumplirse: varios de los Ginga sufrieron averías
mecánicas y se vieron obligados a regresar a Kanoya o a aterrizar en Okinawa o
Mayakojima.
La mitad del viaje, no obstante, transcurrió sin más incidentes, pero al
rebasar la pequeña isla de Okinotori Shima la unidad Azuza fue sacudida
por una tormenta que obligó a los pilotos a efectuar una serie de maniobras
para escapar del continuo chaparrón de agua y que, desafortunadamente, acabó
por hacerles perder la ruta y a consumir un combustible del que no andaban
sobrados. En estas condiciones de vuelo los aviones guía, a las 18:30H, dieron
media vuelta y regresaron a Kanoya siguiendo el plan original. Los Ginga
siguieron volando sin rumbo fijo con la esperaza de encontrar una señal que les
devolviese al camino correcto. Afortunadamente, cuando las esperanzas comenzaban
a desvanecerse más rápidamente que las reservas de carburante, uno de los
aparatos avistó en medio de un claro una isla que reconoció como Yap.
Rápidamente rectificaron el rumbo y enfilaron hacia Ulithi con la esperanza de
alcanzar el atolón antes de que los depósitos de combustible quedasen
completamente secos.
Pero el infortunio no tardó en reaparecer, obligando a algunos Ginga a
efectuar aterrizajes de emergencia en la misma Yap y en Mnami Daitojima, dos de
ellos ni tan sólo lo consiguieron y acabaron por estrellarse en el mar. Desde
su salida de Kanoya la unidad Azuza había ido disminuyendo
paulatinamente, ya fuese por fallos mecánicos o por falta de carburante, y
trece aparatos se habían visto visto obligados a abandonar. Los once restantes,
a velocidad mínima para ahorrar el máximo posible de combustible, tras doce
horas de agotador vuelo, vislumbraron entre las sombras del crepúsculo unas
luces que se alzaban a su frente: ¡Habían llegado a Ulithi!.
En
Ulithi los norteamericanos se sentían seguros, la base se encontraba muy
alejada de los teatros de operaciones y apenas se tomaban medidas de seguridad
de alerta temprana. Todo estaba iluminado como en tiempo de paz, los talleres y
equipos de mantenimiento trabajaban incluso por la noche con la ayuda de
potentes reflectores. ¡Y la mayoría de los buques anclados estaban
completamente iluminados!. Los pilotos japoneses tuvieron que fregarse
enérgicamente los ojos ante aquella visión, finalmente parecía que la
angustia del largo viaje iba a ser plenamente recompensada y que su éxito iba a
ser total.
Los Ginga volaban al límite de sustentación, los motores runruneaban al
encontrar las bombas de carburante el vacío. No había tiempo, pues, para
deleitarse con la visión de la base de la flota americana. El primero de los
bombarderos picó contra un portaaviones anclado en el gran atolón, su llegada
pasó desapercibida y nadie percibió el silbido emitido por el kamikaze en su
rápido descenso. La gran explosión sobre la cubierta de vuelo del Randolph
fue una auténtica sorpresa. Un grito unánime de victoria salió de
la garganta de los pilotos kamikaze mientras se lanzaban a la búsqueda de un
nuevo objetivo. Pero el éxtasis de la victoria fue efímero y la reacción
norteamericana inmediata y, aún sin saber muchos el por qué, todas
las luces se apagaron al instante sumiendo en la más completa oscuridad a toda
el atolón. Ulithi estaba ahora negro como la boca de un lobo y los pilotos fueron
incapaces de recordar la situación de los buques a los que sólo habían visto
por una fracción de segundos. Uno a uno fueron estrellándose en el agua a
medida que acababan el combustible, lo hicieron a una relativa distancia de la base, por lo que
nadie en el bando norteamericano se dio cuenta y contribuyó a que casi todo el mundo pensase que la explosión
se debía a algún trágico accidente.

Al amanecer,
cuando los equipos de mantenimiento procedieron a inspeccionar los daños en el Randolph,
se pudo finalmente comprender la causa de la explosión: A popa de la cubierta
de vuelo había un gran agujero con los restos del avión
"accidentado" diseminados por la misma y el hangar. Un escalofrío
sacudió a los marineros al averiguar que el aparato era... ¡un bimotor
japonés!. Los daños no eran muy graves y podían ser reparados en pocos días,
las bajas ascendían a 25 muertos, 3 desaparecidos y 105 heridos de mayor o
menor consideración.
Aquella mañana la pregunta que
muchos se hicieron fue: ¿Cómo fue posible que pasase inadvertida su llegada?.
Lo que inicialmente no se supo fue la cantidad exacta de atacantes, pues lo
realmente inquietante era que durante algunos minutos los diez Ginga
restantes habían sobrevolado a los buques anclados sin que nadie lo advirtiese.
Los norteamericanos habían tenido suerte, el impacto kamikaze no causó
un gran incendio, ya que en los motores la cantidad de gasolina era pírrica. De
haberlo hecho la claridad resultante hubiese ayudado a los pilotos a distinguir
a los buques cercanos, dándoles una buena posibilidad para alcanzar su
cometido.
Lamentablemente para el bando japonés lo único realmente conseguido fue una contundente sorpresa, el resto de la operación Tan
podía considerarse un completo
fracaso. Al día siguiente un avión japonés de reconocimiento, procedente de
Truk, tomó fotos de Ulithi y corroboró lo que ya sabemos. Al cotejar los
negativos con los previos al ataque
se pudo testificar que no faltaba ningún buque y tampoco se apreciaban ningún
portaaviones averiado en el atolón.
La frustración se apoderó del alto mando imperial, pero fue Ugaki quién
sufrió un duro golpe. Cada vez que enviaba a un grupo de jóvenes a una muerte
segura sentía un profundo dolor, la perdida inútil de aquellas vidas le llenó
de una clara determinación para subsanar el esfuerzo perdido y conseguir la
supervivencia de pueblo japonés.
Los esfuerzos de Ugaki se derivaron hacia Okinawa y los ataques kikusui. Pero no olvidó
a la unidad Azuza, y dedicó parte de su tiempo a estudiar las causas del
fracaso llegando a la siguiente, y acertada, conclusión que hizo llegar a
Tokio:
|
1- La anulación de la salida del día 10 conllevó
un efecto negativo sobre las tripulaciones, al tenerlas en tensión durante
un número de horas excesivo. |
¿Acabó aquí el sueño de un segundo Plear Harbour?.
La respuesta es no:
A principios de Mayo de 1945 el
alto mando de la Flota Combinada decidió efectuar una nueva misión Tan, para
demorar el avance estadounidense. Ugaki era reacio ha lanzar el ataque desde
Kyushu, recordando los problemas que había sufrido la unidad Azuza, e
intentó persuadir a sus superiores a montar la operación desde la aislada Truk,
considerando que hacerlo desde esa isla era mucho más sensato. Pero sus
objeciones no fueron atendidas.
El 7 de Mayo fue la fecha escogida para la siguiente operación Tan. Nuevamente
el ataque fue lanzado desde la base aérea de Kanoya, a cargo de la cuarta
unidad de ataque especial Mitate. Y una vez más el resultado fue un fracaso total. De los 21 aviones que
salieron, más de un tercio fracasó en su intento de alcanzar el área de
Ulithi.
Sólo cuatro de ellos consiguieron alcanzar la zona de ataque, el alto mando
nipón consideró que realizar el ataque en esas condiciones era inútil y
anuló la misión, ordenando a los cuatro bimotores el regreso a Kyushu.
El almirante Ugaki consideró que este tipo de ataques sobrepasaba, en esas
circunstancias, la capacidad japonesa: No sólo había una considerable
distancia a salvar, 1.400 millas, si no que ni tan siquiera podían pronosticar
las condiciones atmosféricas durante el vuelo, un factor que se había mostrado
fundamental a la hora de economizar combustible. Ulithi fue dejado de lado, los
esfuerzos debían de ser dirigidos hacia una zona de guerra que en esos momentos
se encontraba en su punto algido: Okinawa
La mayoría
de los historiadores pasan por alto, o minimizan, la historia de la Operación
Tan. Considerándola un fracaso más de los japoneses que apenas influyó a las
operaciones estratégicas del final de la guerra del Pacífico. Realmente no
están equivocados, en resumen fue un acto desesperado y, como finalmente
reconoció el propio Ugaki, fuera del alcance de las posibilidades reales de las
fuerzas aéreas japonesas.
No obstante, ha de reconocerse que la idea en sí no era una locura. El hecho de
que la unidad Azuza alcanzase Ulithi sin ser detectada lo confirma y si
la fortuna se hubiese aliado con los japoneses posiblemente estaríamos hablando
de uno de los ataques más espectaculares de toda la guerra. Igualando al ataque
británico a Tarento el 11 de noviembre de 1.940, que decapitó el potencial
naval italiano, o, tal como hemos indicado al iniciar el artículo, consiguiendo
un segundo Pearl Harbour.
Aún así el resultado final de la contienda
hubiese seguido invariable, la derrota del Japón era cuestión de tiempo y ya
nada podía impedirla, el éxito de la Operación Tan por si solo no podía
girar el curso de la guerra... ¿O quizás sí?.